Entre lo queer y lo protestante: Monsiváis, el cronista irreverente de las minorías

René A. Tec-López[1]

Universidad de Santiago de Chile

rene.tec@usach.cl

Las minorías también tienen demasiados habitantes
Carlos Monsiváis, “Apocalipstik”, 2009

Había escuchado hablar de Carlos Monsiváis (1938-2010) desde pequeño, su nombre me resonaba cada vez que era mencionado en distintos espacios. Esto podría deberse a que nací, como dicen, en “cuna cristiana”, por lo que mi formación religiosa dentro de la denominación presbiteriana permitió que su nombre terminara siendo una referencia para mi fe. Pasaron los años y al entrar en la universidad me topé con el libro Protestantismo, diversidad y tolerancia escrito por él y Carlos Martínez García, en el cual describían la situación de discriminación y violencia que los grupos evangélicos sufrían en México. Con ello, el imaginario que construí sobre Monsi –como le decían– fue el de uno de los principales intelectuales protestantes del país y acérrimo defensor de la tolerancia religiosa.

Dicha figura se difuminaría cuando dejé de adscribirme a una iglesia para adentrarme no sólo al estudio de los grupos evangélicos, sino también, al compromiso ético-político por los derechos de las minorías sexuales. Me reencontré así con su nombre desde una mirada completamente distinta al presenciar a un Monsi abismalmente opuesto al que había conocido en un principio. Ante mis ojos yacía ahora el cronista irónico, el homosexual, el crítico político, el flâneur de la Ciudad de México, el ícono de la cultura popular, el irreverente. Tal experiencia marcó la manera de acercarme a él y a su obra, por lo que decidí acecharlo, parafraseando a Deleuze, a partir de las multiplicidades que lo habían atravesado y de las intensidades que lo recorrieron.

De esta manera, me convencí de que la intersección particular entre el Monsiváis homosexual y el Monsiváis protestante resultaba ser, para muchos, un híbrido extraño, inexplorado y, sobre todo, marginado. Esto lo pude comprobar, entre otras cosas, gracias a dos eventos virtuales que se llevaron a cabo por su décimo aniversario luctuoso. El primero fue la presentación de la reedición de su libro post mortem Que se abra esa puerta organizado por el Fondo de Cultura Económica. Allí el invitado de honor fue el Monsiváis activista por los derechos LGBT y gran aliado del feminismo. Solamente Marta Lamas, su entrañable amiga, mencionó la formación religiosa como protestante. Al día siguiente, el Centro Basilea de Investigación y Apoyo transmitió un conversatorio sobre las herencias ocultas de Monsi al protestantismo mexicano. A diferencia del evento anterior, el Monsiváis enarbolado fue el evangélico, defensor de la laicidad y de las minorías religiosas. Pocas veces apareció el homosexual. Esto me llevó a pensar en la existencia de dos Monsiváis diferenciados que intentan desesperadamente ligarse lo menos posible. Dos áreas que se realzan a sí mismas para invisibilizar a la otra.

No obstante, lo diverso en la vida de Monsiváis ha sido una constante. Estudió filosofía y economía en la UNAM. Se dedicó a pensar y escribir sobre todo lo que podía. Laboró como escritor, periodista, cronista, ensayista, a veces poeta, a veces actor, columnista en periódicos, revistas y suplementos semanarios, cinéfilo, vegetariano, defensor de los animales, amigo de personajes de la cultura mexicana como Juan Gabriel, Elena Poniatowska, AMLO y María Félix. Considerado “el último intelectual de la vida pública en México”.

Tuvo un devoto compromiso por lo que llamaba “causas perdidas”, es decir, justicia social para los grupos históricamente excluidos. Acompañando así en sus luchas a pueblos indígenas, migrantes, presos políticos, minorías religiosas, madres y familiares de desaparecidos, trabajadores sexuales, feministas, personas que viven con VIH, comunidad LGBT, entre muchos otros. Fue uno de los principales cronistas del movimiento estudiantil del 68’ y del terremoto del 85’. Su obra literaria resultó ser un tremendo aporte para la valorización de la cultura popular, siendo frecuentemente reconocido por las calles de la Ciudad de México, ya que prefirió andar en ellas para retratar los sucesos cotidianos y recoger sus voces. Debido a tal fascinación por la sociedad mexicana y sus múltiples dimensiones, Sergio Pitol llegó a llamarlo el “documentador de la fecundísima fauna de nuestra imbecilidad nacional”.

Consideraba que si no se daba la batalla cultural se terminaría perdiendo la batalla política. Y, aunque nunca reconoció públicamente su sexualidad, luchó incansablemente por los derechos de la comunidad LGBT. “Me tocó nacer del lado de las minorías”, afirmaba. Era pobre, evangélico, homosexual e hijo de madre soltera. Conoció la discriminación desde niño cuando iba a casa de sus amigos y se enfrentaba a los letreros que decían “En esta casa somos católicos y no aceptamos propaganda protestante”, sumado a las agresiones físicas y al asesinato de pastores y amigos protestantes cercanos a la familia[2].

Al ser parte de una minoría religiosa, su fascinación por la literatura llegó a través del estudio profundo de la Biblia, herencia del carácter bibliocéntrico del mundo evangélico:

En el principio era el Verbo, y a continuación Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera tradujeron la Biblia, y acto seguido aprendí a leer […] Mi verdadero lugar de formación fue la Escuela Dominical. Allí en el contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias me dispuse a resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría protestante, siempre representada por mí.[3]

A pesar de su afición por los textos bíblicos, imaginario presente en toda su obra, también fue un duro crítico del conservadurismo evangélico, del fanatismo y del fundamentalismo religioso, identificando en la ignorancia de la lectura el principal peligro. Una minoría social que ha sido discriminada y excluida no debiese discriminar y excluir a otras minorías. Así pensaba, pues consideró que las grandes debilidades y desventajas de la presencia protestante en México son su cerrazón fanática y el olvido del mundo por un criterio mesiánico, aunque reconocía que los grupos evangélicos habían contribuido enormemente al aumento de la tolerancia, “nada más por el hecho de su mera existencia”.

Elena Poniatowska llegó a preguntarle si se consideraba un hombre religioso:

¿Qué te digo? Ni doctrinaria ni programáticamente religioso, pero en mis vínculos con la idea de justicia social, en mi apreciación de la música y de la literatura, y en mis reacciones ante la intolerancia, supongo que hay un fondo religioso. Ahora, tampoco me gusta describirme como una persona religiosa, porque la mayor parte de las veces se asocia lo religioso con el cumplimiento de una doctrina muy específica y no es mi caso, pero si lo religioso se extiende y tiene que ver con una visión del mundo, con los deberes sociales, con el sentido de trascendencia, pues sí, sería religioso.[4]

En otra ocasión, ahora para la revista evangélica El Faro, se le increpó con una pregunta similar:

No. Yo soy cultural y musicalmente cristiano, pero no tengo una relación activa con el credo […] Mi familia sí es muy protestante. Son muy militantes todos. Pero yo tuve más bien una enorme inclinación por la Biblia como literatura que sigo teniendo, y por la historia de las iglesias reformadas. Pero no tanto por la práctica cotidiana. Soy, al respecto, de un ‘cristianismo marginal’, no se si así se pueda decir[5].

Desde su adolescencia se vislumbraba esta mezcla poco común, ya que mientras marchaba junto a Frida Kahlo y Diego Rivera en contra del golpe de estado en Guatemala[6], también asistía a congresos de estudiantes evangélicos[7], situándose así, fuera de la religiosidad dominante.

Años después se consolidaría como defensor de los derechos de las minorías sexuales al fundar con Nancy Cárdenas y Juan Jacobo Hernández, el Frente de Liberación Homosexual en 1971. Fue de los primeros en hablar y escribir sobre la homofobia[8] y el VIH, temas cargados de tabú dentro de una sociedad nacionalista, machista, priista y guadalupana. No obstante, a pesar de haberse convertido en ícono del movimiento gay, también fue duramente criticado por una parte del colectivo, entre otras cosas, por no haberse declarado abiertamente homosexual: “Si salgo del clóset me van a etiquetar como autor gay y no quiero eso, porque me van a limitar en todo lo que hago públicamente”[9].

Circular de esta forma en los márgenes de la sociedad, como protestante y/o homosexual, marcaría su obsesión por colocar lo marginal en el centro, “el unas veces codiciado y otras veces aborrecido don de pertenecer a las minorías”, permitiéndole así, convertirse en referente importante para grupos tan diversos entre sí que podrían parecer hasta antagónicos, y cuya dificultad de asociación ha generado la imposibilidad de ver a los dos Monsiváis en uno solo.

Acechar su vida a través de la intersección entre lo queer y lo evangélico me lleva a pensar en la enorme necesidad de tener actualmente voces como la de él. Su obra nos permite rescatar el carácter liberal del protestantismo que fue pieza clave para importantes procesos históricos del país. Sin embargo, actualmente nos enfrentamos ante un escenario en donde el avance del neoconservadurismo y fundamentalismo religioso mantiene un paso sostenido amenazando los derechos de las minorías sexuales. Por lo tanto, figuras como la de Monsiváis, cuya influencia traspasa las fronteras, permitiría, tal vez, la esperanza de construir puentes de diálogo entre los distintos grupos que disputan la batalla moral. O, en el peor de los casos, haría reflexionar profundamente a muchos evangélicos que se encuentran dudando de la campaña política y moralista ejercida contra los derechos de la comunidad LGBT.

El enigma Monsiváis va más allá de una etiqueta como homosexual o protestante, y mucho más que la intersección entre ambas. Verlo solo desde estas aristas sería reducirlo a concepciones parciales de su vida. Definirlo desde un rótulo sería encasillarlo dentro de un marco que le impediría ser todo lo que decidió ser y escribir. Su propia vida era ironizada por él mismo. Si tuvo una fuerte formación religiosa en el protestantismo y, a la vez, apeló por la democratización de la sexualidad, liberándose de la culpa moral y reflejando dicho proceso en sus textos, la herencia que rescato para las nuevas generaciones sería permitirnos imaginar, vislumbrar y luchar por una sociedad más justa, tolerante e inclusiva con las distintas voces que buscan espacios para hacerse escuchar. Voces que fueron visibles en su extensa obra, con ese toque peculiar de profeta laico que, como habría dicho Carlos Martínez García, supo leer los tiempos, sacar lecciones de esa lectura y anticipar posibles desenlaces[10].

La deuda que tenemos las generaciones más jóvenes con su obra es la posibilidad de releerlo a la luz de nuestros tiempos. Imaginemos, pues, que Monsi despierta de aquella visión apocalíptica relatada en Parábolas de las postrimerías, cuya sentencia final para nosotros es: “La pesadilla más atroz es la que nos excluye definitivamente”, ¿estaríamos dispuestos también a despertar?

Notas

[1] Agradezco los valiosos comentarios de Emilio G. Canchola y Cristina Mazariegos sobre este texto.

[2] El aspecto religioso de su formación ha sido abordado por Carlos Martínez García y Leopoldo Cervantes-Ortiz, a través de distintas columnas, compilaciones y artículos en medios escritos y digitales, especialmente, protestantes o ecuménicos. Dicha formación ha sido constantemente invisibilizada en los círculos literarios, políticos y académicos que homenajean a Monsiváis cada 19 de junio. No obstante, la idealización de la figura de Monsi como un intelectual evangélico también ha provocado la omisión del lado de su sexualidad y activismo por los derechos LGBT. Tomo como ejemplo la plataforma de pensamiento y difusión cristianos, Evangélico Digital, donde se ha brindado espacio para artículos sobre Monsiváis. Sin embargo, esta plataforma surgió como proyecto en el marco del II Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia, evento que aglutina a activistas provida y profamilia de diversos países latinoamericanos. Una de las organizaciones que patrocina dicha plataforma es Concertación A. C., participante de las protestas contra el matrimonio igualitario en 2016. Además de esto, ha sido curioso encontrar el nombre de Aarón Cortés Herrera como parte de la Junta Directiva de Evangélicos Digital siendo hijo del actual pastor de la Iglesia Cristiana Interdenominacional, donde Monsiváis llegó a asistir con su familia en la colonia Portales. En la página web de dicha iglesia lo mencionan como uno de los ciudadanos notables que formaron parte de ella: “De pequeño hasta joven se nutrió de la enseñanza de la palabra de Dios, circunstancia que se aprecia en sus libros, ensayos y colaboraciones a los distintos medios de nuestra patria y del extranjero”.

[3] Carlos Monsiváis, Carlos Monsiváis. Autobiografía, Empresas Editoriales. Serie: Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos, 1966.

[4] Elena Poniatowska, “Los pecados de Carlos Monsiváis” en La Jornada Semanal, 23 de febrero de 1997: https://www.jornada.com.mx/1997/02/23/sem-monsivais.html

[5] Luis Vázquez Buenfil, “El protestantismo ha hecho progresos, pero todavía tiene zonas conservadoras, sostiene el escritor Carlos Monsiváis”, en El Faro, mayo-junio de 1994, pp. 81-83.

[6] Relata esta anécdota en su crónica “Frida Kahlo: de las etapas de su reconocimiento”, publicada en Debate Feminista, Vol. 37, no. 19, pp. 3-15.

[7] Según el artículo “Primeros pasos de Carlos Monsiváis” de Miguel Ángel Morales, Monsiváis junto a Guillermo Villanueva, asistieron al segundo Congreso Centroamericano de Estudiantes Evangélicos organizado por el International Fellowship of Evangelical Students en 1956. Allí participaron con una ponencia titulada “Las diversas corrientes ideológicas en la Universidad y la posición del estudiante cristiano frente a ellos”. El Cultural. Suplemento de La Razón, no. 172, 27 de octubre de 2018, pp. 6-7.

[8] En 1975 escribió y firmó junto a otras 83 personalidades de la comunidad intelectual y literaria del país el primer manifiesto para la defensa de los homosexuales titulado Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco.

[9] Braulio Peralta, El clóset de cristal, Ediciones B, 2016. Esta respuesta es complementada en el Prólogo escrito por Marta Lamas del libro Que se abra esa puerta, allí menciona: “Carlos se resistía a decir públicamente que era gay no porque quisiera ocultarlo, sino porque hacerlo le parecía discriminatorio. Las personas heterosexuales no tienen necesidad de publicar su orientación sexual. Algunos activistas gay malinterpretaron esta decisión y querían a fuerzas que él hiciera una declaración pública en ese sentido. ¡Qué más elocuencia que sus escritos, su compromiso con la causa, su forma de vida, sus relaciones abiertas! Monsiváis no ocultaba, ni exhibía su orientación sexual”.

[10] Carlos Martínez García, “Profeta apocalíptico” en La Jornada, 6 de mayo de 2020, https://www.jornada.com.mx/2020/05/06/opinion/018a1pol

 

 

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