Exorcizar el imaginario anti-evangélico

Por Mariela Mosqueira

El ascenso de los conservadurismos a lugares neurálgicos de poder en América Latina en los últimos años, redundó en el despliegue de cierto imaginario que construye a los grupos evangélicos como “la” variable explicativa de todos los males de este tiempo. Estas miradas reificantes y sólidas sobre el mundo evangélico no sólo no aportan a la comprensión del giro conservador en la región, sino que justamente contribuyen a alimentarlo aún más.

Como todo agrupamiento social las iglesias evangélicas en Argentina y en Latinoamérica son diversas, dinámicas y complejas social, teológica y políticamente. Su crecimiento vertiginoso se registra en las décadas del 70 y 90, llegando a constituirse desde aquel entonces en la primera minoría religiosa de la región. Si bien la gran mayoría de las denominaciones evangélicas son fruto de misiones europeas o estadounidenses, existen expresiones locales como el pentecostalismo criollo chileno o el pentecostalismo brasileño representado por la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD).

Estos pentecostalismos autóctonos que se caracterizaron por tener gran éxito en sus territorios de origen no han tenido la misma suerte con sus proyectos expansivos. En efecto, la IURD en Argentina no cuenta con las populosas feligresías que se muestran en sus programas de TV nocturnos. Aunque su visibilidad mediática y edilicia sea mucha, sus creyentes son bastantes menos de los que el sentido común supone. La última encuesta del CONICET arrojó que sólo contaban con la adhesión del 0,3% de los argentinos.

Además, la IURD es una iglesia outsideren casi todos los países de la región porque pastores, feligreses, denominaciones y federaciones evangélicas la rechazan al considerar que sus liturgias y doctrinas no se ajustan a los principios heredados de la Reforma deviniendo en una especie de entelequia “neo-católica” adoradora de imágenes, aceites y mantos de la descarga que en nada compatibilizaría con los modos evangélicos de vivir la fe.

Pese a esta gran complejidad el imaginario “anti-evangélico” circulante tiende a asimilar la experiencia de la IURD en Brasil –y especialmente desde que Bolsonaro alcanzó el poder- a toda la experiencia evangélica latinoamericana. Invisibilizando matices internos y variabilidades históricas.

En lo que respecta al vínculo entre evangélicos y política en América Latina, podríamos decir no es ni novedoso, ni homogéneo. Desde la constitución de los Estados nación pueden rastrearse múltiples articulaciones entre mundo protestante y mundo político. Y desde hace más de 40 años, los grupos evangélicos tienen participación activa en la política latinoamericana. Participación que por supuesto presenta continuidades y, también, rupturas en cada momento histórico y en cada país. En los 70, algunas iglesias apoyaron a las dictaduras, mientras que otras cobijaban a las víctimas y denunciaban las violaciones a los derechos humanos.Y en los últimos años, hubo pastores e iglesias que se pronunciaron a favor de candidatos de derecha y de izquierda. Por citar, algunos casos: la IURD apoyó en 2006 a Lula y en 2019 a Bolsonaro. Y en México, Andrés López Obrador contó con la adhesión evangélica. Ahora bien, que algunas iglesias o pastores se pronuncien públicamente por algún candidato o alguna consigna no significa que necesariamente y sin fisuras las feligresías les correspondan. Creyentes hay de todos los colores y tipos: “verdes”, “celestes”, “naranjas”, “progres”, “conservas”, “peronistas”, “liberales”, “zurdos” y “apolíticos”.

Por lo tanto, aplanar la gran diversidad evangélica -en términos políticos, sociales, religiosos-  y caer en la falacia de tomar a una parte por el todo no solo empodera a los sectores más reaccionarios de esa comunidad de fe, sino que contribuye a seguir reproduciendo una imagen estereotipada y peligrosa de los evangélicos que los construye como personas iletradas, pasivas y manipulables. Este tipo de imaginarios “anti-evangélicos” es lo que también debemos deconstruir y ¡hasta exorcizar! si queremos vivir en una sociedad democrática, plural e inclusiva de toda diversidad, incluida la religiosa.

Publicado originalmente en Revista Aguinaldo, agosto 2019

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